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Diciembre de 2004 Página 1 de 5

Plásticos con etiqueta ecológica

Ángela Barriga Salamanca

El desarrollo de plásticos biodegradables permite mitigar los efectos adversos asociados al uso de plásticos tradicionales.

Según el informe presentado en 2002 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se desechan unas 7 toneladas diarias de residuos en el mundo. De éstas, un promedio del 12,5% pertenece a plásticos en sus distintas formas. La problemática de los residuos plásticos crece a causa del incremento mundial de su producción y consumo.

El agotamiento de la capacidad de los vertederos, agudizado por el gran volumen y resistencia a la degradación de los plásticos, los diversos impactos biofísicos de su acumulación en el entorno como la disminución de la producción de las cosechas, de la pesca, de los sistemas de irrigación de los cultivos, etc., y el hecho de que el 99% del total de plásticos se produce a partir de combustibles fósiles, ha aumentando la presión sobre las ya limitadas fuentes no renovables. El polietileno depositado en los suelos, incluso en cantidades mínimas, está alterando a la Tierra, ya que al ser derivado de fuentes fósiles, y por lo tanto una sustancia artificial, altera las propiedades fundamentales del suelo contribuyendo así al efecto invernadero.

Los plásticos biodegradables proporcionan una posible solución a este problema ya que, por un lado, podrían desviar parte del volumen de plásticos de los vertederos a otros medios de gestión de residuos, y por el otro, contribuirían a la preservación de los recursos no renovables.

Actualmente, las resinas empleadas en la fabricación de plásticos biodegradables son de dos categorías: naturales y sintéticas. Las resinas naturales (o biopolímeros) tienen como base recursos renovables tales como el almidón y la celulosa, y los polihidroxialcanoatos (PHA) producidos por microorganismos. Otros polímeros, como las proteínas y las pectinas pueden también utilizarse, potencialmente, para desarrollar plásticos y polímeros biodegradables. Los polilactidos (PLA), poliésteres alifáticos formados por polimerización del ácido láctico, se incluyen generalmente en esta categoría ya que el monómero puede producirse por fermentación.

Sin embargo, debemos distinguir entre plásticos biodegradables "verdaderos", que se descomponen en sustancias no tóxicas tales como dióxido de carbono y agua, y los plásticos biodestructibles. Estos últimos están constituidos por polímeros derivados del petróleo que incluyen mezclas de almidón degradable. En este caso, lo único que se disgrega en el medio ambiente es su componente de almidón dejando el polímero sintético inalterable detrás.

Probablemente el primer paso que permitió pensar en los plásticos de origen bacteriano fue el dado por el Instituto Pasteur de Francia en 1926, cuando se descubrió que la bacteria conocida como Bacillus megaterium podría producir poliéster. Sin embargo, sólo la crisis del petróleo de 1973 obligó a la industria plástica a buscar una fuente alternativa y, desde entonces, han proliferado los estudios en torno a esta opción.

En la década de los 80 la compañía química inglesa (ICI) empezó a desarrollar el tema. En un principio sus aplicaciones fueron muy limitadas debido a su menor resistencia y su elevado costo. Actualmente ICI produce verdaderos bioplásticos que van desde el polietileno flexible al polipropileno rígido y su precio se redujo de una relación equivalente a 1 en 25 con respecto al plástico tradicional a una relación de 1 en 1,5. El grupo ICI opera actualmente en una red mundial de 152 fabricantes y distribuidores localizados en 37 países. Sus ventas para el 2003 fueron de 3.000 millones de dólares.

Así, en más de dos décadas en las que varias entidades y empresas se han centrado en estos estudios, unos más exitosos que otros, se han desarrollado polímeros con base en materias primas renovables. En gran parte de dichas investigaciones, uno de los factores predominantes era el de producir polímeros biodegradables relativamente menos costosos. En 1982, cuando se produjo el primer biopoliéster de uso comercial, el kilogramo valía 1.600 dólares y actualmente, luego de muchos trabajos acerca de su producción, se llegó al precio de 2 dólares el kilogramo. Y aunque todavía es más barata la materia prima derivada del petróleo, las leyes de la economía presagian que este combustible fósil se irá encareciendo a medida que disminuya su extracción.

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