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El plástico es el material más ecológico y amigable con el medio ambiente del que dispone hoy el ser humano. Promover su uso de manera responsable es una de las mejores formas de garantizar la sostenibilidad y prevenir el cambio climático.

Sin embargo, a pesar de este hecho, últimamente vemos cómo el plástico está siendo satanizado y su uso se está restringiendo, a la vez que se promueven opciones de materiales que generan huellas de carbono muy superiores, todo en nombre de la protección del planeta. En pcoas palabras, restringir el uso del plástico en vez de contribuir a la sostenibilidad, está colaborando a la destrucción del medioambiente.

Atacar el plástico y restringir su uso es atacar el medio ambiente y renunciar a un material que puede ayudar a preservar el planeta de manera muy eficiente. Promover regulaciones que limitan el uso del plástico es equivalente a proponer quitarle la licencia a los médicos cuando diagnostican una enfermedad.

Continuamente, vemos grandes campañas basadas en imágenes que nos muestran los efectos de la mala disposición de los plásticos. Es indiscutible que las grandes islas y zonas con plástico acumulado se ven horribles y causan daños. Aquí­ surgen un par de preguntas, la primera es: ¿son ellas el problema o por el contrario son el resultado de un problema oculto muchí­simo mayor?, y la segunda es: ¿de donde viene todo ese plástico? porque las regulaciones se están promoviendo en paí­ses con sistemas más o menos buenos de disposición de basuras, cuando hay paí­ses cuyos basureros son los rí­os y el mar. Esta segunda pregunta es bien importante, porque es muy probable que las medidas para restringir el uso del plástico se estén tomando en paí­ses que poco aporten a la formación de estas acumulaciones, dejando de lado a los verdaderos causantes.

La respuesta a estas dos preguntas tiene un elemento en común y es que las grandes islas y acumulaciones de plástico son el resultado de un graví­simo problema que nada tiene que ver con el plástico, y es la pésima disposición de las basuras a nivel global, más grave en unas partes que en otras, cuyo sí­ntoma visible son las piezas plásticas flotando en las aguas. Por lo tanto al atacar tan visceralmente al plástico perdemos el foco y la oportunidad de concientizarnos sobre el verdadero problema: la inadecuada disposición de las basuras y sus efectos. Y como “ojos que no ven corazón que no siente”, o no se buscan soluciones o se implementan soluciones contraproducentes, como restringir el uso del plástico.

Residuos orgánicos vs. plástico

La mala disposición de las basuras intoxica los ecosistemas, especialmente los acuáticos, debido al contenido de sustancias tóxicas para el medio ambiente, como residuos de jabones, productos quí­micos, residuos orgánicos y demás. El plástico es solo una parte de las basuras y es la parte menos dañina de las mismas.

La naturaleza funciona con base en el reciclaje, bajo el principio de que el residuo de unos seres es el alimento de otros. La biodegradación es uno de esos procesos ecológicos en los que la mayorí­a de sus resultados le sirve de manera rápida, de alimento, a otras especies. Pero la gran realidad es que los residuos orgánicos llegan a los cauces de agua o al mar, alteran los ph, secuestran el oxí­geno y promueven el crecimiento de algas, que compiten por nutrientes con plantas y peces, generando a eliminación total o parcial de la fauna y flora acuática.

Para ilustrar esto, hay un experimento fácil de hacer: tomar dos recipientes de agua limpia que contengan peces y plantas que ya estén estabilizados. Al primero se le adiciona 20 % o más de plástico limpio, y al segundo un 0,1 %, o menos, de sobras de comida, y se observa lo que pasa. El resultado es que en el recipiente que se adiciona plástico, las condiciones internas no se alteran y la vida continúa. Por el contrario, en el recipiente que se adiciona la materia orgánica los peces mueren rápidamente, aumentando la contaminación, y después las plantas.

Esa es la gran realidad, la contaminación orgánica, esa que se considera biodegradable y por lo tanto de baja toxicidad, mata la fauna y flora de un ecosistema acuático, causando graví­simos daños adicionales; porque al contaminar el agua, se deja sin comida a otras especies tanto acuáticas como terrestres.

Este es el efecto de la materia orgánica que se bota junto con el plástico; pero además, las basuras tienen productos quí­micos, con diferentes grados de toxicidad, que potencian los efectos nocivos de la contaminación orgánica.

Reemplazo de plástico con otros materiales

Para empeorar las cosas, al promover el reemplazo del plástico por otros materiales, se hace más daño al medioambiente.

El papel, que se promueve como reemplazo del plástico, es una materia orgánica y al botarse a la basura genera problemas iguales o similares a los del resto de materias orgánicas. Además, está el problema de la destrucción de bosques naturales para ser reemplazados por bosques industriales que sirvan de materia prima para producir el papel, con la subsecuente devastación de la fauna y flora nativas, ya que un bosque industrial tiene, por sus caracterí­sticas, una fauna y flora muy reducida frente a la de un bosque natural, especialmente en los trópicos.

También están las grandes cantidades de energí­a y agua que se requieren para producir un kilo de papel, y el hecho de que el papel para poderse utilizar como recipiente de bebidas, tiene que ser recubierto con plásticos o con metales, generando restricciones importantes en el reciclaje e impidiendo su adecuada biodegradación.

Otras alternativas son envases de vidrio u hojalata. Aquí­ el tema es que la cantidad de energí­a requerida para producir un envase de hojalata o de vidrio de la misma capacidad de uno plástico es sustancialmente mayor. Los envases de vidrio, además, requieren de tapas, las cuales son o metálicas o plásticas.

En conclusión, es necesario promover el uso del plástico y disponerlo adecuadamente para que pueda ser bien reciclado, y de esta manera contribuir a la sostenibilidad del ambiente al reducir la contaminación, el consumo de energí­a y el calentamiento global.

Artí­culo de la edición febrero-marzo: código TP 3401 plastico y planeta

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